Pichardo es un artista visual que se aleja de cualquier frívolo intelectualismo. Su acto creativo es rebelde a normas académicas que le exijan un estilo definido; sin embargo, podemos encontrar en sus obras inspiración de la estética prehispánica, hermanada con un despreocupado cubismo expresivo.

Su trabajo toma influencia de la composición musical; su mano descompone y reajusta los elementos de la realidad que lo rodean, improvisando ritmos y armonías traducidas en líneas y colores. Un artista que guía su creatividad con la desinhibida visión de un niño, su arte es una expresión libre de sus instintos. 

No obstante, su propuesta artística no es bajo ningún espectro, vacía o superficial. Con un toque de humor, Pichardo crea expresiones plásticas que exaltan la vida, la pasión y la libertad; buscando llegar a una estética ingenua. Una práctica sin horizontes específicos que limiten su imaginación o asombro por el mundo que crea y desde el cual se inspira.

Pichardo nos presenta un discurso inmediato y rico en lecturas. Pese a la bidimensional del soporte y de las figuras protagónicas, su pincel logra crear ambientes dinámicos que nos transmiten estímulos sensoriales. Con una narración auto contenida, sus temas nacen de lo urbano; la publicidad, los edificios, la gente que los habita, de las costumbre y los catalizadores sociales. Estos elementos moldean su narrativa, tanto como lo moldean a él en su día a día. Su obra plasma el mundo contemporáneo mexicano y su imaginario.

Sus obras nos muestran momentos aislados y atemporales de juego. Sus protagonistas son muñecos que nos recuerdan a trazos infantiles; personajes que exploran el lienzo y parecen bailar con los colores y las formas a su alrededor.

Con un sentimiento de nostalgia por la inocencia de nuestra mirada ante el mundo, las obras de Pichardo nos recuerdan que siempre podemos maravillarnos de incluso los momentos más pequeños que tiene la vida para ofrecernos.