Vivimos en una época en la que el arte se encuentra experimentado una serie de modificaciones en todas sus expresiones. Tratando de atender este cambio de paradigma, nuevas propuestas se abren paso apostando por trabajar con innovadores medios creativos. Ese es el caso del artista mexicano Oglinda, cuya estética interdisciplinaria nace de la conjunción entre las artes plásticas y las ciencias rígidas. Su pintura desarrolla conceptos fundamentales del Bioarte, una de las vanguardias más sobresalientes de este siglo, instaurada por artistas como Joe Davis y George Gessert.

Las obras de Oglinda tienen como tema principal el transhumanismo y el posthumanismo, dos corrientes de pensamiento que plantean cuál será el comportamiento de la humanidad ante el ineludible crecimiento del factor tecnológico. En este contexto, el arte parece ser la fórmula que calcula lo desconocido, preguntando, cómo será la transformación de lo humano, durante y después del cruce de eventos venideros: como la manipulación genética y la sofisticación de la Inteligencia Artificial.

El trabajo de Oglinda nos recuerda que el arte es un agente dinámico expuesto a todo tipo de cambio. Cada pieza es una entidad autónoma, con vida propia. Como Philip Dick escribió en su cuento La máquina conservadora: “cuando se crea algo, adquiere vida propia y deja de pertenecer al creador que la ha moldeado y dirigido según sus deseos”.

El artista trabaja estas ideas porque es consciente de que en algún punto la tecnología nos va a sobrepasar, debido a la eficiencia cada vez más depurada de las herramientas. No obstante, su visión no profetiza la distopía, por el contrario, preconiza el valor de lo tecnológico como una fuerza activa pero no reaccionaria. La propuesta de Oglinda representa un manifiesto que clama superar el conflicto moral humanus versus machina.