Juan Ibarra es un artista visual cuyo estilo experimental le permite explorar nuevos panoramas. Prueba de ello son los métodos que emplea al crear sus piezas. Con una destreza dinámica, redefine los materiales convencionales al mezclarlos con productos de uso industrial, los cuales favorecen su proceso.

Los soportes sobre los cuales construye sus obras varían de acuerdo con la forma en la que quiere comunicarnos su propuesta; ya sea sobre la superficie de un lienzo o de un muro, hasta trabajar con maderas, fibra de vidrio, aluminio, etcétera. La creatividad del artista lo hace apostar más por las texturas que por el color.

Su primer acercamiento a la pintura se da por influencia directa de su abuelo del cual hereda la pasión por el arte. Más adelante, su estilo se ve imbuido por el expresionismo abstracto, el informalismo europeo y por autores específicos, como Antoni Tàpies, Miquel Barceló y Francisco Mejía Guinand.

En el arte de Juan predomina la visión arquitectónica por encima de la orgánica. Lo geométrico y volumétrico toman el lugar de las somáticas formas curvilíneas. Son dos los ejes temáticos bajo los cuáles se orienta su obra: el paso del tiempo y el temor a la muerte generado por la impermanencia. Su trabajo se asemeja a una gran maquinaria, en el sentido de que toda máquina está expuesta al cambio; además, como el cuerpo humano, tiene un inicio y un final.

Por un lado, trabaja series en las cuales representa el paso del tiempo a través de la idea del deterioro y del movimiento, dando a sus composiciones el aspecto de piezas antiguas y desgastadas. Por otra parte, aborda la idea de la impermanecia y la finitud de las cosas. Sus pinturas expresan la angustia de su propia agonía, despiertan en nosotros cierta conciencia de muerte, pues nos recuerdan que en algún momento también hemos de perecer.