La pintura de José Luis Aguiar Pellegrín parece nacer del matrimonio entre el arte y el cariz sombrío que la naturaleza conserva. El sentido de su trabajo estriba en develar aquellos terrenos que permanecen ocultos a los ojos de quienes aprecian únicamente el aspecto amable de lo aparente.

Bajo un análisis detenido, podemos percatarnos que cada una de sus pinturas representa un desafío a la mirada atenta, debido al emerger constante de elementos que saltan a la vista. Elementos que surgen desde el plano fenoménico, o bien desde lo simbólico; y que nos confirman aquella tesis de Umberto Eco acerca del doble carácter de una obra: cerrada en sí misma, dada su producción; pero siempre abierta a ser interpretada.

Podemos adivinar que no hay fórmulas en su arte. En ocasiones, toma como base un aguafuerte o un dibujo; y otras veces, el color es quien protagoniza su estética. José Luis es un artista siempre interesado en manifestar sus pensamientos a través del lenguaje visual. En un mismo espacio de trabajo mezcla las diferentes técnicas que ha perfeccionado durante toda su trayectoria.

Desde lo simbólico, sus obras son un espacio donde se representa una visión del estado primigenio, teniendo como fondo la mortecina luz de escenarios lóbregos que proyectan estados salvajes de lo humano. Transporta los símbolos sacros hacia lo terrenal. Un paganismo que se construye a partir de la generación de ídolos ignotos. Ellos no indican una negación de los dioses establecidos por las religiones tradicionales; sino más bien, parecen inaugurar un nuevo culto.

Para José Luis, el arte es libertad. Es un horizonte de posibilidad que dota al artista de un espacio donde puede figurar sus expresiones. Su trabajo es testimonio de las diversas búsquedas e investigaciones que ha realizado entorno a la transformación de la experiencia estética en experiencia artística.