Claudia crea obras desde el dolor, pero no cualquier clase de dolor, sino uno que resulta sanador, reconfortante. Sin miedo a aparentar debilidad, retrata aquello que nos esforzamos en ocultar: desilusión, angustia, lágrimas, inseguridades. Detrás del maquillaje de una vida virtual y ficticia se esconden sonrisas vacías de una profunda tristeza.

Desde la vulnerabilidad, su discurso visual nos habla de cómo los sentimientos dolorosos son humanos y necesarios. No debemos cubrirlos con pretensiones fantasiosas de vidas inexistentes y anestesiadas. Claudia nos dice que los momentos oscuros definen lo que somos. Aquella risa que sale de la oscuridad no abruma ni aterra, antes bien, es la más sincera. Insiste que abracemos aquellas partes que carecen de belleza, que las dejemos expresarse libremente. Nos habla de que está bien, no estar bien.

La estética de sus pinturas conserva el tono decadente de sentimientos crueles. El glamour de mujeres maquilladas, peinadas y vestidas de gala que nos miran con desesperanza y desesperación. Personajes cuya característica es tener ojos y bocas grandes. Son ojos que no lloran y bocas que no gritan; no porque no quieran, sino porque no pueden, se ahogan. Las mujeres que plasma en sus lienzos parecen pedirnos que hablemos por ellas, que nos sinceremos a través de sus ojos.

Algunos rasgos de sus personajes presentan las mismas “visiones nocturnas” que la Musa Enferma del poeta Baudelaire, cuyas palabras coinciden con la inspiración artística de Claudia: “Y veo una y otra vez reflejados sobre tu tez/ La locura y el horror, fríos y taciturnos”. Los títulos de cada una de sus pinturas nacen de ideas basadas en lo que escucha y lo que lee.

Los temas que sus obras abordan se contrastan con la personalidad de la artista. Pues detrás de un pincel que dibuja heridas se encuentra una mujer plena, fuerte y alegre. Posiblemente, es su aceptación de las partes negativas de sus experiencias y su condición humana-imperfecta; lo que la hace libre de ser, libre de crear.